Nota Regina que su dignidad de jefe de la familia la oprime ligeramente el corazón, y aunque antes lo fuese de hecho tanto como ahora, recuerda á cada instante con desaliento las confidencias amistosas y plácidas, que preparando el porvenir tejía con el galante cumplidor de sus antojos, el infatigable compañero de sus jornadas inquietas. Mira en torno, y las figuras insignificantes de Eugenia y Daniel la sonríen con pálida indecisión, con melancólica simplicidad de criaturas tímidas y obedientes, almas que sólo ofrecen aquiescencia pasiva y humilde.
Si no fuera por el recuerdo de Ibarrola que la encadena allí, por la inquietud con que aguarda su aparición, Regina escaparía con presteza en busca de caminos nuevos y de nuevos cansancios. Pero crece con tal ímpetu aquel interés por el esforzado caballero, que la joven se detiene uno y otro día, lanzando desde el escondite de la breve playa sus agitados deseos en pesquisas veloces detrás del peregrino. Pasmados están Eugenia y Daniel de contar tantas horas en un mismo paraje, mientras la bella convaleciente escucha con muda ansiedad los rumores que levanta por dondequiera el misterioso paradero del explorador, de quien ella se juzga enamorada. ¿Enamorada?
Sí; Regina empieza á creer, ó al menos á dudar en el amor; y ya no se atreve á analizarle con frías razones. Se ha vuelto de improviso respetuosa con aquel raro sentimiento que en forma de amor la acompaña y la abriga y la sostiene en medio del páramo de su mocedad, atenta al eco de unos pasos desconocidos, pronta á partir no sabe adónde, cuando la realidad de aquel ensueño llegue. Su actitud es la de una desolada viajera que en estación de tránsito aguardase un tren de recreo detenido por lastimoso azar...
Harto sabe la joven de galanteos y de coqueterías, que no en vano es moza y agraciada. Su belleza, rubia y original, ha despertado admiración y deseos en muchos pechos varoniles, y entre sus curiosidades de coleccionista guarda epístolas amatorias escritas en todos los idiomas universales. Los nerviosos pies, conocedores de las más altas cumbres y de los valles más hondos, portentos de la Naturaleza, saben, también, deslizarse por los salones mundanos con un señoril donaire, de mucha gracia y atractivo.
Jaime de Alcántara, bien relacionado desde París con las legaciones españolas en los países que ha visitado, pudo presentar á su hija en la más encumbrada sociedad mundial. Galán y artista, hombre de estrados, diestro en cortesanías, hizo el papá valer en todas partes la beldad extraña de aquella niña que le servía de adorno como una flor exótica de feliz cultivo, linda mujer que cruzaba los salones elegantes con firme paso de alpinista y gracioso desembarazo de cortesana. Iba ella posando en torno suyo el grave misterio de unos ojos que parecían pensar siempre en otra cosa, mientras yacía olvidada una sonrisa noble en la púrpura regia de sus labios. Su ingenio natural y su nativa distinción la daban un aplomo que suplía á su inexperiencia en aquellos lances, y detrás de su gentil persona rondaban siempre en traza de pleitesía rumores de curiosidad y admiración.
Así gozó Regina sonados triunfos mundanos en salas ilustres y en espléndidas fiestas. Y no desmintió su carácter femenino mostrándose insensible á los halagos del éxito y la lisonja, sino que reveló unas grandes aptitudes para la coquetería de buen tono, y supo acreditarse ducha en el flirteo más exquisito sin previa novatada.
Pero ningún doncel de los que la pidieron un vals ó un rigodón, en su galante odisea de excursionista universal, mereció de la niña española devociones extraordinarias. Cuando los homenajes de que era objeto tomaban proporciones de pasión, ella deponía sus travesuras femeninas con grave continente, y si la severa actitud no desanimaba á sus amadores, se encogía de hombros con indiferencia, para seguir agitando por la vida su vuelo de mariposa errante y libre.
En Tánger se prendó Regina de un moro rico y gallardo, hospedado en el mismo hotel que la familia de Alcántara. El hijo de Mahoma parecía haber inflamado con sus candentes ojos el corazón indómito de la viajera, y cuando acaso ella vislumbra una romántica aventura de apostasía y matrimonio, cae sobre la cándida chilaba del africano la funesta sombra de una tremenda acusación política, y desaparece el buen mozo prisionero y celado sabe Alah en qué mazmorras inclementes... El espacio de una quincena había durado aquel idilio singular; pero no fué menester tan largo tiempo para que la imagen del moro pasase á un rincón de la memoria de la niña, como pasa una prenda de ropa en desuso á la percha olvidada de un armario.
Y entre los recuerdos amorosos de Regina, quedó colgado un jaique, junto al gabán de pieles de un polaco guapísimo á quien ella creyó amar, en Varsovia, lo menos ocho días... Allí en la extensa galería de tales membranzas, se esquiciaban en turbio desfile rostros sonrosados y jocundos de ingleses y alemanes, pálidos fantasmas italianos, perfiles franceses, siluetas suizas, ropajes turcos... todo un relicario con vestigios varoniles de la vieja Europa.
Las Américas dieron á esta colección de apuntes íntimos un gran contingente de nombres y figuras; un cubano impetuoso se suicidó desesperado por los desdenes de Regina; un yanqui la siguió desde California, por toda la América Central, inútilmente decidido á congraciarla; dos bolivianos rivales se desafiaron en disputa celosa: el duelo era formal, y uno de los combatientes quedó con la cara partida por el sable enemigo. Como la señorita había coqueteado un poco aquella vez, sintió el cordial impulso de corresponder á la víctima, á manera de indemnización. Mas halló tan feo al incauto con las vendas y el descaecimiento del percance, que, sin esperar á que cicatrizara la herida de aquel rostro compungido, tramontó, ligera y conquistadora, sin remordimiento alguno...