Pero todas aquellas recordaciones de sus triunfos juveniles, las ponía la viajera, como un tributo, debajo de la imagen de Ibarrola, imagen brava y esquiva, reina de sus pensamientos.
—Esto es amor... Debe de ser amor—murmura la muchacha, deliciosamente sorprendida—; esto lo tengo aquí, clavado y doliente, hace ya mucho tiempo.
Y como Regina siente en la cabeza todas sus emociones, al decir aquí, apoya las dos manos sobre sus crenchas doradas. «Mucho tiempo» son tres meses para aquella novicia de amor, para aquella ilustre confinada que, desde su rincón porteño, avizora los horizontes donde ha de amanecer su felicidad en forma de aventurero caminante.
Y un día cercano estalla, al chispazo inquisitivo de los ojos negros, confirmada y rotunda dentro de un periódico, la tremenda noticia: ¡Ibarrola ha muerto! Los bárbaros tobas han destrozado á su heroico prisionero en suplicio salvaje.
Una misión que los españoles enviaron en socorro del compatriota, halla los restos mutilados del mártir, los identifica y los salva del abandono con veneración piadosa.
Toda la culta América se estremece de espanto al conocer este nuevo drama en que el altruismo y el valor de un extranjero caen en traición brutal bajo las mazas primitivas de los indios rebeldes á la redentora influencia de los conquistadores...
El general boliviano que fracasara en esta misma expedición capitaneando una lucida hueste; los alemanes Storn y Fielberg, que gastaron tan inútiles esfuerzos en idéntica empresa, se obscurecieron en el olvido cuando el francés Crevaux fué asesinado al tratar de internarse en el territorio independiente. A la sazón, sobre todos los intentos de exploraciones en el Pilcomayo, quedará el prestigio de la nueva tragedia, porque la sangre hispana de Ibarrola, sembrando abnegación y valentía en el vergel indiano, sobre el campo verde, bajo el cielo azul, es hazaña de sagrado linaje escrita en rojo surco de flores españolas que trascienden á bravura de raza, á fortaleza de un pueblo inmortal.
El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones cordiales y admirativas, que proclaman á Jacinto Ibarrola mártir insigne del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y un legendario aroma de bizarría castellana unge los despojos del explorador, á la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte naciones...
Cuando los restos del noble sacrificado llegan á la costa del Plata entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriación, ya Regina de Alcántara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando á Eugenia y á Daniel, que, en pánico desconsuelo, la suponen definitivamente loca. Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye velocísima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime una sentencia que no sabe dónde la aprendió: «No confíes ni te apoyes en la débil caña; porque toda carne es heno, y toda su gloria caerá como la flor del prado...»