VII
nuestras vidas son los ríos.—la cruz de los andes.—el loco de amor.—regreso á la patria.—la costa de la muerte.
Aquellas graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.
—La carne es heno—repetía y nunca duerme la Segadora...
Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se detiene»...
Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de ultratumba:
—Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...
«Nuestras vidas son los ríos
que van á dar en el mar,
que es el morir...»