Aunque le sientan bien las ropas señoriles, que modas y circunstancias le han obligado á usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo los hábitos elegantes, que ya en la estación de su pueblo le dan el título de «doña», hace su entrada en Torremar con poca gallardía. Lleva el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que le hace parecer casi una anciana. Emprende allí mismo con su prima una relación de penas, en voz sigilosa, mientras el mozo se hace cargo de los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta á la niña que compartió con ella, por vericuetos y riscos, las correrías salvajes, sirviéndola á modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya en la niñez inició con vocación resuelta.
El camino hasta la casa es base de averiguaciones entre las dos muchachas, que van delante, á lento paso. Pero Regina sabe preguntar más de lo que responde, y se entera de muchas cosas sin haberle contado á Marta casi ninguna.
La sobrinuca de Eugenia, convertida en recia mujer, bien portada al uso de la clase popular del puerto cántabro, siente crecido y ferviente su respeto por la señorita que ya en la infancia le había inspirado admiración y docilidad. Va respondiendo á todas las consultas de la viajera, que se detiene á cada momento en un recodo, en un cruce, delante de un edificio, bajo la luz escasa y débil del alumbrado público:
—Este es el Ayuntamiento... ¿Le han levantado un piso?
—Sí, señora. Le han puesto encima unas cuantas sociedades: la de Socorros mutuos, la de Propietarios y no sé cuáles otras...
—Aquí está la iglesia parroquial. Pero la torre... ¿No tenía torre?
—La partió un rayo y hubo que tirarla. ¡Ya hace mucho tiempo!... Tenemos una parroquia nueva, muy preciosa, con dos torres altísimas, y ya de ésta no hace caso nadie.
—Es más largo el muelle, ¿verdad?
—Mucho más largo. Y el mar queda más lejos; rellenaron un trozo grandísimo y han hecho jardines donde entraban antes las olas...
—Por aquel lado se sale á la Plaza Mayor.