—Sí, señorita. Esa está lo mismo que cuando se marchó usted, sólo que en medio han puesto la estatua de uno... ¡No me acuerdo el oficio que tiene!...

—¿Poeta?

—Otra cosa.

—¿Novelista?

—Tampoco.

—¿Marino?... ¿Soldado?

—¡Menos!... Es uno de los que mandan en Madrid.

—¿Ministro?

—¡Justamente! Un ministro republicano... Por la noche da miedo pasar cerca de él; como es todo blanco parece un fantasma.

—Y dime, ¿todavía pasea la gente en los portalones?