—¿Viuda?
—Que si se había usted quedado pobre...
—Pues date prisa á decir que vengo rica y soltera.
—Ya lo creo que lo diré... ¡Mire, mire! ¿Ve usted cómo tiembla aquella cortina?
—No veo nada.
—Sí; en ese antepecho del primer piso... Es el gabinete de labor de las señoritas de Bernaldo.
—¿Pero no se han muerto?
—¿Morirse?... ¡Si la más pequeña todavía piensa en casarse!... Ya suponía yo que estarían de atalaya para vernos pasar... ¡Ah! ¿Sabe quién se acuerda de usted muchísimo? Timonel; aquel pescador que la enseñó á nadar y la llevaba siempre en su bote.
—¡Pobre Timonel!... Ya estará viejo.