—Una cosa tremenda...

—¿Triste?

—Muy triste.

—Entonces, no me lo cuentes. Oye: el Casino, ¿está donde estaba?

—¡Quia!... Tiene un edificio para él solo; dan bailes y conciertos. Además, «tenemos» Filarmónica y «estamos» haciendo un teatro...

—¡Cuántas novedades!... Pero, cualquiera diría que toda la población está durmiendo. Apenas hemos encontrado gente. Unas cuantas siluetas misteriosas, y pare usted de contar.

—Es que ya son las once, lo menos—dijo Marta bajando la voz, como si recordase de pronto que á tales horas era menester hablar bajito.

También siente Regina el imperioso mandato del «escucho». Y muy quedo, continúa la charla curiosa:

—¿Saben en el pueblo que yo llegaba?

—¡Vaya si lo saben! Todo el señorío está revuelto. Yo conté la noticia en la botica «de abajo», y como hay tertulia «se corrió» á escape. No hacen otra cosa que hablar de usted... Que si venía usted casada... que si viuda...