Sube la pobre comitiva en afanosa demanda de la tierra clemente; suben las nieblas á las cumbres montaraces, y el rebaño á las floridas brañas; suben las olas á la playa rubia, y las voces de la campana á los nublados cielos... También sube, azaroso, un suspiro temblón y zozobrante de Regina de Alcántara, aunque los labios que le dieron licencia tratan de sonreir, comentando:

—¿Un niño infeliz que logra descansar?... ¿Un ángel que ha volado á la gloria? ¡Aleluya... Aleluya...!

Por hay una ansiedad tan triste en aquel paisaje lluvioso; en aquellas neblinas desgarradas; en aquellos retumbos del mar y del bronce; en aquel entierro blanco y humilde que se agarra á las ondulaciones del camino, sube que te sube, arañando la tierra en el esfuerzo de la pendiente, que Regina abandona su observatorio, y dentro de la estancia se sienta en un sillón á forjar otros planes, perspectivas más luminosas que las que le ofrece aquella hora matinal de un Mayo norteño.

Pero allí anda Eugenia, limpiando viejos muebles y acomodando ropas de la señorita, que ha elegido aquel aposento y quiere aderezarle con las mejores prendas del modesto ajuar. Es la pieza un saloncito cuadrado, con las paredes tendidas de florido papel y el techo de cal, decorado por un friso y un rosetón de tosca factura. En un extremo se colocará la cama, con el recato de un gran biombo, y queda espacio libre para el diván y los sillones de sedosa tapicería, un poco pálida; el tocador y el armario; un bufetillo; una Venus de escayola, sobre su artística columna; una mesa de centro; cuadros antiguos, fotografías, flores; y el balcón abierto á la sierra y al mar, sin cortinajes ni estorbos...

—Tendré un cuarto confortable y alegre, á estilo de aldea—dícese Regina—. Luego modificaré un poco todo el mobiliario, y cuando me case haré un chalet moderno con mucho lujo y muchas cosas buenas.

Estos discursos silenciosos la inmovilizan toda la mañana, y reacciona de aquella postración y aquel mutismo con una repentina actividad nerviosa y apremiante, que la empuja por las habitaciones en voz de mando, disponiendo mil novedades y trajines, estorbando las faenas de la servidumbre, y fatigándose inútilmente, sin haber hecho nada. De la impaciencia que la mueve por todas partes, con estéril inquietud tienen mucha culpa sus deseos contenidos de verle al pueblo la cara, de reconocerle y pasearle, y aprender la historia de sus años de ausencia.

Aquel rincón del mundo tan absolutamente olvidado por la «viajera rubia» durante largo tiempo, despierta de improviso en ella sumo interés, como si sus límites le cerrasen todos los caminos de la tierra y allí estuviese esperándola su porvenir entero. Nada quiso saber de Torremar ni de sus habitantes, desde que, niña y ambiciosa, partió de la ciudad norteña; y ahora se le figura que tiene allí escondidas muchas esperanzas y emociones, muchos cariños y proyectos.

—No salgas—le ha dicho Eugenia viéndola pronta á lanzarse á la calle—; vendrán visitas...; estás de luto riguroso.

Y la muchacha se detiene, á su pesar, ante la evidencia de estos graves motivos de reclusión; pero á cada momento se asoma á los balcones, baja al portal, hace preguntas referentes á cosas y familias de su pueblo, y se ríe sola, sin saber por qué, con los ojos rasos de lágrimas, sean tristes ó alegres las respuestas que recibe, y que apenas escucha, con la prisa de hacer otras.

La víspera, al llegar, á instancia generosa y urgente de Regina, quedó convenido que Dolores, Marta y Pablo, se instalasen en la casa de Alcántara con la doble calidad de familiares y servidores, para que Eugenia estuviese descansada, gustando la compañía y ayuda de los suyos.