Fué Dolores casada de muy moza con un honrado marinero, y á los pocos años quedó viuda en una horrible galerna, de que aún se guardaba temeroso recuerdo en Torremar. Todo el espanto que la pobre mujer cobró al oficio rudo del esposo no pudo evitar que Pablo fuera grumete en cuanto el chico halló manera de cruzar sobre su elástica de punto un tirante ufano para sostén de los calzones. En continuas zozobras vió la madre espigar al marinero, y siempre encontró amargo como el agua salina el pan difícil que se gozaba el hijo en ofrecerla. Marta, más joven que su hermano, se hizo moza ayudando á su madre á coser toscas prendas de la gente de mar, á zurcir redes y aparejos, ó á la ordinaria confección de sacos para la vecina fábrica de yute, una de las más importantes industrias de la ciudad. Más tarde la muchacha, poco satisfecha de tan vulgares labores y de su escaso rendimiento, aprendió el oficio de planchadora, y merced á su aplicación logró aumentar los ingresos de la familia y ofrecer á su madre algún descanso.

En la actualidad Marta sabía presentarse con finura y vestirse con pulcritud, dentro de la modestia de su clase; era inteligente y graciosa, y Regina pensó, desde luego, convertirla en gentil camarera y adueñarse de su voluntad con cariños y mercedes. No necesitó muchos esfuerzos para conquistarla; pronto la moza se rindió, murmurando:

—Disponga lo que guste... ¡Tiene «un ángel» la señorita!...

Por su parte Dolores dijo que sí con efusión á cuanto Regina le propuso: vivir en una casa de señores, trabajar poco y gozar de buen trato y de buenas ganancias, le parecieron cosas admirables. El marinero estuvo más reacio á capitular en tierra firme. Se daba una fuerte rasquina de cabeza, no imaginando cómo á la señorita le parecía tan fácil que él dejara su puesto en la tripulación de Mariposa para cuidar un jardín:—¡Ave María Purísima! ¿Cómo va á ser eso?—se interrogaba á sí mismo.

Pero Regina mostrábase obstinada:—Os quedáis los tres—decía—. ¡Vamos, hombre, no pongas esa cara de susto! Te das de baja en el gremio de pescadores, pero no en el Cabildo de marineros. Compraré un balandro; tú me darás lecciones de náutica y yo á ti de jardinería... «Lo cortés no quita á lo valiente»: habrá en esta casa remos y flores. ¿Qué dices?

Las tres mujeres, que escuchaban con embeleso tan dulces ofertas, instaron á porfía para que Pablo aceptase. Y él, por fin, pronunció confuso:

—Digo... que bueno... si lo del balandro es de veras.

Afirmando que sí, Regina, muy alegre, tendió con llaneza las manos al pescador, el cual, no sabiendo qué hacer entre las suyas con aquel regalo tan fino, se puso muy colorado, y aflojó los dedos temblones y cobardes.

III