¡un alma nueva!—historia de la «bella durmiente».—el paladín de regina.

Las antiguas amistades de la familia de Alcántara muy correctas y rigurosas en cuestiones de etiqueta, aguardan, sin duda, que descanse la niña enlutada y que arregle su nido. Y ella, que ya logró reposo para su cuerpo y aliño para su casa, tiene en tortura la curiosidad, esperando visitas que no llegan.

Ha salido el sol; ha sacudido Mayo con arrogancia sus bancales de flores, y todo es dulzura y aromas en el ambiente, luz y belleza en el horizonte.

Punzada en sus pesares por la alegría exterior, Regina, desde el fondo de su cuarto, contempla el mar y el cielo acerbamente, y sospecha con pesadumbre: ¿Nadie se acordará de mí?

—Don Carlitos Ramírez—anuncia con ufanía la fresca voz de Marta.

Y entra en el aposento un mozo elegante y gentil, de pocos años, á juzgar por la cara imberbe y la ingenua expresión de niño: es alto, moreno; toda la gracia de su persona viste un aire de nobleza y de bondad que subyuga; tiene doradas las pupilas, en las que se derrama un corazón amoroso, á la sombra negra y doble de unas pestañas admirables; lleva sobre los labios la pincelada obscura de un futuro bigote, y le baña el rostro cordial sonrisa, que alumbra sus palabras y actitudes con luz melancólica y ardiente.

La señorita y el doncel se miran un segundo, y ella rompe el silencio investigador de aquella mirada, abriendo los brazos al visitante:

—¡Abrázame, chiquillo!

Es muda y tierna la caricia; ambos amigos, abrazados, sonríen para disimular su emoción. Él quiere preguntar alguna cosa, y tímidamente balbuce:

—¿Daniel?...