Regina se pone un dedo tembloroso en los labios.

—Quiero olvidar; ¿sabes? Quiero creer que soy otra; que ni la tierra sepultó á mi padre, allá en país extranjero, ni soy yo la misma que vió á Daniel, tu camarada, morir en un barco en medio de los mares, y después... No, no; ¡qué recuerdos tan horribles!... Soy otra, Carlos; soy una criatura rara que nació sin familia; que de su pasado nada sabe; que no habla nunca de su vida de ayer... Al cabo—añadió, con temblor de cobardía en el acento—¿qué importa lo que ya pasó?

—Sí; haces bien, lo mejor es olvidar. Solamente—replica el mozo con grave tristeza—que algunas desgracias están siempre activas sobre nuestro corazón, y no llega la hora en que podamos decir: «ya pasaron»...

Recuerda Regina entonces que, según noticias de su doncella, á los de Ramírez les había sucedido una cosa «muy triste», y pregunta con interés:

—¿Tus padres?... ¿Ana María?...

—Mi hermana deseando verte. Mi padre está bueno.

—¿Tu madre, quizá?...

—¿No sabes nada?—dice él, sin levantar los ojos de la alfombra.

—Que algo adverso os ocurre; pero no he querido que me lo cuenten.

—Luego, ¿sospechas?...