—Nada. El enorme egoísmo que estoy cultivando me hace huir de mis penas y de las extrañas; sobre todo, si las padecen personas á quienes aprecio tanto como á vosotros... Temo que se relacione con tu madre lo que os aflige... ¿Acierto?
—Si huyes de penas, ¿qué te voy á contar? Esta es amarga como la hiel.
Sonaba la voz dulce del muchacho tan sorda y contenida, que la de Alcántara se apresuró á indagar con sincera inquietud:
—¿Está enferma tu madre?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Mi madre... huyó de Torremar hace tres años.
—¿Ella? ¿Carlota?... Huyó, dices... pero ¿por qué?
Callaba el mozo, trémulo, transido, luego de revelar con agudo esfuerzo la cruel noticia, pálido el semblante, henchidos de lágrimas los ojos.
Regina entonces, conforme sentía crecer la curiosidad en torno al drama, tuvo compasión, tuvo misericordia, un instante, de aquella pesadumbre tan dura que abatía la frente del muchacho.