Sentados como estaban los dos amigos en el pequeño sofá del gabinete, inclinábase ella, dulce y solícita, para buscar la turbia mirada de Carlos puesta en el suelo con angustiosa obstinación.

—Vas á contarme esa desventura—le encarece Regina.—Vas á decirme todas tus penas con grande confianza, como si fuésemos hermanos... No siempre creas en mi egoísmo; ya ves cómo tus palabras me conmueven.

Y, en efecto, la dama curiosa ha perdido la serenidad. No por la blanda emoción—vulgarísima y corriente á su parecer—del íntimo saludo ni del tierno coloquio, sino por la traza peregrina, por el aire singular con que el mancebo, heraldo de una tragedia, tal vez interesante, se manifiesta de súbito. La mujer zahorí, sabia leyente de corazones, piensa con avidez:

—No es un hombre cualquiera, ni un niño como hay muchos... Será preciso estudiarle...

Este afán, este loco deseo, se alza ahora en el corazón femenino dominando los impulsos de sus fugaces misericordias.

Con la rubia luz de los ojos y el treno apasionado de la voz, desata Carlos Ramírez en un segundo la dañosa afición que Regina siente hacia sorpresas y novedades.

Así que el amigo de la niñez habla, mira y sonríe, ella, la mariposa voraz sobre jardines raros, descubre la exótica flor, se estremece y murmura:

—¡Un alma «nueva»!...

Y giran las alas del insecto goloso en derredor del alma virgen, llena de luceros: espíritu infantil por su ingenuidad, santo y fuerte por su linaje.

Esconde Carlos como sagrada reliquia aquel pesar profundo que Regina quiere compartir; y á las exploraciones insinuantes de la dama se resiste con pudor y quebranto.