—Lo has de saber—asegura—aunque no lo pretendas. Las torremarinas se proponen que «ese asunto» no pase de moda... Ya te lo contarán «por ahí», aumentado y corregido...
—En cambio tú me dirías lo justo y lo cierto...
—Sí; pero entonces resultaría la historia larga y triste por demás...—Un aire de secreto infortunio cela aquellos reparos y los ofrece con tales atractivos de extrañeza y de sombra, que Regina, exaltada delante del misterio, no acertaría á decir si sufre compasión ó se embriaga de gozo cuando en las redes de sus artificios y razones siente al muchacho vacilar y le ve, al fin, entregarse á las dulzuras de una íntima confidencia.
Carlos Ramírez, que es un niño grande, con arrestos varoniles y ribetes de romántico, ha profesado siempre acendrada admiración á la niña viajera, rubia y pálida, de quien oyó contar pasmosas aventuras y atractivos deslumbradores. Ahora que la tiene delante, transformada en mujer bonita y lagotera, vestida de luto para mayor encanto, siente el mozo, mirándola, una dulce desgarradura en el pecho. Es que la flor de sus emociones se abre incauta á los ojos de Regina, como el capullo de rosa besado por el sol. La viajera de antaño puede libar á su placer las primicias sentimentales de un alma «nueva», porque ya Carlos ofrece, generoso, el divino licor de la suya.
En el inconsciente sacrificio, la víctima se ofrenda seductora: tiene oro en la mirada, miel en los labios y una tragedia obscura, sangrando en el abierto corazón... ¿Qué más pide Regina para considerarse feliz aquella tarde? Ya oprime el sazonado fruto del pecho herido y beberá el néctar hasta sentirse sacia. Tanto quiere saber del misterio de Carlota como del dolor de Carlos... ¡Aquellos ojos donde el sol se oculta en la nube de penas, aquella noble sonrisa resignada!... ¡Oh, el dolor!...—El dolor ajeno como espectáculo artístico—, piensa la escéptica observadora—, es curioso y notable. Hay en la más equilibrada naturaleza una dosis de crueldad que se gloria delante del drama humano y le busca y hasta le persigue...—Yo soy cruel—añade con un remoto espanto—, soy fría como la nieve. Estos sacudimientos que me estremecen ahora son morbosas impaciencias de morder las amargas revelaciones que he buscado, que he perseguido... Me voy á recrear en el drama de este mozo, mi camarada de la niñez, el ídolo pequeño de mi pobre hermano... ¡Y qué! Yo no tengo la culpa de que Carlos Ramírez, el rapaz que conocí, lindo como un juguete, venga hoy á visitarme en traza de hermoso caballero, con una historia tétrica en el bolsillo... Ni es cosa de hacer examen de conciencia porque El Dolor, usando el porte más garboso del mundo, me brinde un placer estético de alta categoría...
Aunque así razona la de Alcántara en rápida meditación, por el fondo de su curiosidad helada y cruel, sin pías veredas, igual que un monte nevado, corre un hilo de ternura, tan suave y oculto, que el mismo corazón por donde pasa no le siente. Mansa y sin voces la linfa del amor fluye y fluye, constante en las entrañas de Regina, como la excelsa gracia del bautismo que en los senos más duros prende y enflora; divino sol de piedad en lucha con la nieve de humanas impiedades...
También Carlos se sume en reflexiones aceleradas. Ha encontrado, sin duda, un corazón grande y amigo donde puede romper el broche pudoroso de su dolor: toma carne y espíritu la sombra fugitiva que se borró en la ausencia lo mismo que un ensueño, cuando el mozo de hoy era un nene que ya sabía soñar. Aquel rastro de ilusión infantil encendióse en luz de juveniles ansiedades, pero fué luz remota y ausente, como de estrella, resplandor inquieto de una felicidad imposible. Y de pronto, la errante lucecilla que Carlos avizoró por ilusos caminos, arde en negras miradas, calienta con acentos dulces, se yergue en la forma de una mujer peregrina del mundo, que ha sondeado los abismos de la tierra, que conoce las desolaciones del desierto y la llanura de los mares... ¡Cuánto no sabrá de vidas tristes! De seguro es su corazón un torrente de misericordia...
Así piensa el cautivo de Regina, mirando al suelo. En el vertiginoso volar de sus esperanzas le punzan con lacerante escozor los agravios que persiguen á su madre. Nadie se la nombra, como si fuese una vergüenza definitiva y segura que al hijo le quisieran perdonar; y los rumores hostiles que se acallan delante de él, por lástima ó por miedo, repercuten á su alrededor, sordos y agudos; le duelen, le sofocan; le han llevado, en instantes de espiritual cobardía, al borde de la demencia y del suicidio.
Sabe el muchacho de una sola mujer en Torremar que no culpa á Carlota de Heredia, que no atribuye delito ni sonrojo á su desaparición; pero es dama de muchos años y respetos á quien Carlos no se atreve á decir ni una palabra de la ausente. Hay un sacerdote en el pueblo que también por sus frases y actitudes demuestra caridad y ternura á la desaparecida señora, mas los hábitos y las canas de este varón piadoso sellan en la boca de Carlos la ansiada confidencia. Finalmente, un señor joven, muy amigo de la familia de Ramírez, es seguro que tributa á Carlota leal admiración y que la supone limpia de pecado. Aunque así lo comprende el hijo de la dama, motivos poderosos le retraen de tratar con el caballero las penas que le afligen. Y se conforma con sentir hacia aquella trinidad compasiva una profunda gratitud.
Así los años han corrido sin que logren refugio apropiado los anhelos del mozo: él quisiera verter del alma suya la piedad y el amor en la memoria de su madre; limpiar de dudas y de sombras el nombre amado; erguir la bella imagen de la ausente en un trono de lágrimas y duelo, puro y noble, donde se pudiera leer: «Fué desgraciada y buena»... Pero se siente amordazado por la inverosimilitud de muchas cosas que él solo sabe, que acaso nadie creerá cuando las diga; le detienen mil escrúpulos de íntimo pudor familiar; le amedrenta, sobre todo, la triste convicción de que sus palabras no hallarán en el pueblo ecos amigos ni piadosos rumores. No; su madre, la esposa de un hombre ilustre entregado toda la vida á su ciencia y á su hogar, es una mujer joven y hermosa... «que se ha fugado»... ni más ni menos... Solamente el corazón de Ana María conoce la tragedia en toda su magnitud. Y la moza también calla, también sufre, sin protestas ni alardes, el obscuro pesar, la negra desventura.