—Sí; esperar es acaso un placer. Tener paciencia—añade con travesura—, quizá sea muy divertido.
—Entonces, quedamos en eso.
—Quedamos, ya que te empeñas. Eres irresistible; me gustas, y te cruzo mi paladín en Torremar.
En traza de broma le hizo con los dedos una cruz encima del corazón.
Salió el mozo de la estancia, radiante y fascinado:
—Adiós, Reina.
—Adiós... duendecillo. Un beso á Ana María, y que venga pronto.
Marta, al despedir en la cancela al caballero, murmura:
—Larga fué la visita de don Carlitos Ramírez.
Y el rumor de los pasos del visitante se confunde con el murmullo del mar, que en la playa interroga á los graves misterios de la noche.