Ella, con la memoria en fuga, le detiene y dice:
—Tanto así levantabas del suelo, y ya con ribetes de erudito y de galante, traducías mi nombre al castellano. Me llamabas Reina.
Devoto, murmuro el doncel:
—Todavía te nombro como entonces, con el pensamiento y con los labios, callandito: ¡Reina de Alcántara! ¿Te gusta?
—¡Vaya!... Me enamora; no lo olvides.
Y vuelta al presente, desde la suave niebla del pasado, pulsa Regina las varias emociones de su amigo, y trata de explorar hasta el fondo aquel espíritu en tormento y vibración.
—Acaba de contarme la historia—encarece—; no sales de aquí sin decirme tu secreto.
Le estrecha las manos, que se encogen como las de un niño cobarde. Toda la juventud del mozo queda estremecida en aquella amistosa intimidad, y doblando las firmes pestañas sobre las ojeras azules, se defiende de su turbación, sonriendo:
—Ya volveré; practica la virtud de la paciencia... Esperar es un placer.
Dice Carlos con tal fuego las últimas palabras, que Regina, de pronto, asiente caprichosa: