—Ya es tarde—anuncia el mozo poniéndose de pie. Consulta su reloj:—Cerca de las nueve.

—¿Y piensas dejarme loca de curiosidad?

—Hace más de dos horas que te acompaño... ¡Para ser la primera visita!...

—¿La primera? El duendecillo del Robledo estuvo en «esta tu casa» cientos de veces. Supongo que no irás á tratarme como si nos acabásemos de conocer.

—Claro que no.

—Somos viejos amigos, aunque la mocedad nos sonríe. Acuérdate cuando asaltaba vuestro cercado para sorprenderos en la casuca del bosque, donde solíais jugar. Yo era la mayor de los tres y exigía «la presidencia» en los enredos de aquellas tardes felices. Pero tuve, á menudo, tal cansancio y hastío de otras desenfrenadas diversiones por serranías y mieses, que permanecíamos sosegados mientras yo os relataba historias de mi fantástica invención, sólo por engreirme con la quietud halagadora del auditorio... ¡Ya el pedantismo afilaba las uñas en mi orgullo!... A la hora de la merienda iba tu madre á darnos golosinas y besos. Viéndola aparecer entre los árboles, tan hermosa y tan triste camino de la casuca, me decía yo: Es la princesa encantada, la bella durmiente del bosque.

Se ha levantado Regina para retener á Carlos pero, enfrascada en los infantiles recuerdos que entre los dos evocan, enhebra una felicidad, que ya pasó con la presente cuita de su amigo, y le turba, al referir:

—Sí; Carlota me quería, es cierto. Sus ojos, cuajados de éxtasis, se posaban en los míos con blandura maternal. Largo tiempo me acompañó por el mundo la impresión de aquella mirada...

Carlos balbuce:

—Es tarde... Adiós, Regina.