—Y opinabas de nosotros...
—Unas cosas muy raras.
—A ver, á ver.
—Os envolví en un cuento fantástico y emocionante. «El Robledo—imaginaba yo—es el castillo donde un ogro, don Juan Ramírez...» No te ofendas.
—Ni pizca—sonríe con resignación el joven.
—Bien: «pues el ogro tiene encantada á la princesa Carlota. Ana María es un hada gentil y vigilante, que sirve á «la hija del Rey» y la deleita en su cautiverio... Un duende muy mono, que conoce el encanto de la dama, la protege con ímpetus de libertador; usa «botas de siete leguas», igual que Pulgarcillo, y en artes de brujería siente las hierbas nacer. Este brujo, benéfico y sagaz, se llama Carlos «por mal nombre»; tiene dorados los ojos y aguda la inteligencia... promete mucho».
Sin levantarse, toca Regina un conmutador y queda la estancia en baño de apacible luz. Ingeniosa y festiva, la juglaresa pone al cuento un final inseguro:
—Creí que el hada y el duende libertarían á la princesa Carlota...
—El duende—alude Carlos pesaroso—duda que sea posible en la tierra la redención de esclavos.
Aquel dolorido comento, añorante de humanas liberaciones, sacude la versátil memoria de Regina.—¿Creerás—dice—que se me había escapado tu drama un minuto?