—Sigue, sigue—encareció Regina—al represar Carlos su palabra fluyente.
—Es que se hace de noche.
—No importa. Estoy ardiendo en el interés de tu relato. ¡Qué bien cuentas, chiquillo! Hundes la palabra en el corazón, y sabes construir y repentizar como un artista.
—Será el dolor de un buen maestro—responde, un poco vanagloriado el de Ramírez. Y á su vera, ya nublada en la obscuridad, Regina se duele:
—Pues aquí tienes una condiscípula, que no le honra mucho.
—¿Tú?...
Carlos deshojaría, galante, algunas flores cándidas en el regazo amigo, si la voz penumbrosa no dijera, empapada en recuerdos:
—Como á la luz del sol, se me ilumina la memoria, según estás contando tus pesares. Sois aquellos Ramírez de mi infancia á quienes nunca pude olvidar, porque vi en vosotros no sé qué raros síntomas dramáticos y tristes que hicieron huella en mi voluble imaginación. El pueblo no os conocía bien. Decíase entonces que tu padre, hombre de estirpe sabia, era un misántropo, enfermo de ciencia. Y que, celoso de la hermosura y juventud de su mujer, la esclavizaba por amor. De ella, todos sabíamos virtudes y primores singulares. Se la creyó algo altiva, y muy admiradora de su marido... Desde aquí abajo parecíais felices en vuestro Robledo señorial, casi divorciados de la población, tejedores de una existencia un poco extravagante, á la sombra dos veces grata del oro y la sabiduría.
—Miel sobre hojuelas—apuntó Carlos irónico.
—Por aquel tiempo ya gastaba yo opiniones propias, tan pintorescas y atrevidas, que las guardé para mi uso particular, ocultas siempre como un delito.