—Pero yo lo soy—dije altanero.—Ella me ha defendido muchas veces de castigos y amenazas. Ahora, seré su defensor.
Enjugóse mi hermana los ojos con presteza, y endulzando sus frases me contuvo razonadora:
—Olvida lo que dije—suplicó.—Ser hombre es mostrar cordura... Sólo podemos «ayudarla» á llevar la cruz. También somos hijos de él... Sé prudente y humilde.
—No, no,—insistí con guapeza;—hay que hacer algo...
—Obedecer y callar—suspiró Ana María.—Tú irás á Madrid, dentro de un mes, á estudiar leyes. Yo—dijo con la voz temblorosa—iré á Zalla un año, á perfeccionar mi educación.
Quise alzarme en gallardas razones, sosteniendo bellas actitudes contra la idea cruel de separarnos de mamá cuando la podíamos servir de más consuelo y aun de fuerzas y refugio.
Pero mi hermana me aseguró, dolida:
—Ella lo busca; tiene afán de estar sola. Con difíciles y largos artificios ha logrado que papá decrete nuestra marcha.
—¿Y por qué? ¿No lo sabes? ¿No te sorprende?—interrogué confuso.
Se encogió de hombros, reprimiendo el llanto; y suplicante, presa de repentina zozobra, me hizo prometer una ciega sumisión á mi destino...