Aparecen al punto en su memoria las señoritas de Bernaldo. La más pequeña de las dos hermanas, una «pequeña cincuentona» y relamida, supone que la idolatra con propósitos matrimoniales el boticario don Celso Ortiz, señor que entretiene sus sesenta otoños machacando en la rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos á los clientes, ora en píldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus «preparados». Es ya notorio que don Celso tiene grande predilección por los ingredientes ácidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en tragedia, que él sabe inventar ó corregir, á la par de sus específicos.
Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de amor que une al boticario con la Bernalda «joven», y que tiene una historia «química» muy interesante. Observó la dama, de nombre Filomena, que don Celso conservaba incólume la negrura juvenil de su cabello, más ó menos poblado; y padeciendo ella el terror á la nieve en sus rizos de rubio origen, finos y enredadores, se llegó un día á la botica con disculpas de comprar pastillas de goma para un pícaro constipado de su hermana. Bien recuerda Filo que don Celso lucía, aquella tarde, rara travesura en sus ojos gitanos; que estábase envuelto en un chal escocés, de alegres colores, y calzaba escarpines de paño marrón. No puede la enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, «como quien no quiere la cosa», va y le dice:—Diga usted, don Celso: ¿conoce, «por casualidad», alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para mi hermana, ¿sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguería, porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que, á lo mejor, creerán que trata una de pintarse... ¡Figúrese usted!... Todavía no está una en ese caso.
El farmacéutico, chispos los ojos de placer, sacó la lengua, se relamió, y repuso, en son de gran secreto:
—Yo le mandaré á usted una cajita con una untura. Se da por la noche, al acostarse, y se envuelve la cabeza en un paño para no manchar las almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungüento, invención mía—dicho sea sin ofender á nadie,—los alados rizos de usted volverán á su pristino color de oro.
—Sí, oro puro, eso es; digo, así era el pelo de mi hermana, porque yo, todavía...—insiste ruborosa Filomena.
—Usted está admirable, como siempre,—adula el boticario—y muy joven; no pasa día por usted.
Con el regocijo de poder aliñar chistes en su tertulia, á costa de la Bernalda, don Celso mostróse decidor y pegajoso como las pastillas que iba á comprar Filo. Y poco después salió de la farmacia la ilusa jamona, llevando en los oídos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasía la promesa de un tinte para las canas, y en el corazón las ilusiones de una boda posible.
Aquella noche las de Bernaldo se acostaron con pañuelo á la cabeza, untadas del betún que don Celso les envió discretamente, mientras en la tertulia de la rebotica, unos señores ociosos reían la broma del boticario viudo á la noble doncella Filo.
En tan leve suceso se infló pronto la suposición de unas relaciones amorosas entre el químico taimado y la dama teñida. Ella, con sus dengues y sonrojos, dió alientos á la fábula, y en la penumbra de la vida social torremarina se comentó el asunto como si valiese la pena de reirle ó de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguían blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura maravillosa...
De todo lo cual se enteró Regina con burlas y pormenores referidos en su presencia durante el visiteo de la temporada.