Pero de cuantos lances supo la curiosa, con interés y fisga, desde su nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que envuelve á sus amigos los de Ramírez. Secreto, dolor y amor; tales son los estímulos mayores para el corazón intranquilo de la de Alcántara, y los tres le subyugan á la par, en aquella familia breve y descollante, donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la «viajera rubia».

Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto á anunciar en la puerta de Regina:

—Don Carlitos Ramírez.

Pero el joven halló ocupado por otras personas el grato rincón de sus íntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada allí, creyendo notar que se interrumpen ó aplazan algunas conversaciones por causa suya.

Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro de que le moleste en público la más ligera alusión ó indirecta al nombre de su madre. Y no anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todavía asunto que en la ciudad apasiona y ocupa á las mujeres. Por eso Regina sabe que Carlota de Heredia se fugó enamorada... ¿De quién?... Algo confuso queda este acertijo. La fuga realizóse en un barco que desde Santander hizo rumbo á Francia. Como únicos pasajeros iban con la dama un sacerdote, un anciano y un poeta...

—¿Cuál de los tres?—se preguntaba don Celso, que «como hombre de ciencia» era algo volteriano.

Siguiendo la opinión general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque ¿dónde y cuándo conoció y quiso la fugitiva al incógnito rimador? Ella casó en los albores de su juventud y parecía vivir muy á gusto en la solitaria residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto. ¿De qué países fantásticos le llegó la cita amorosa y qué hechizos fatales la indujeron á la tremenda aventura? Con las huellas de la dama bórrase el camino de todas las suposiciones.

Afirman los curiosos que don Juan Ramírez no ha buscado á su mujer, aunque vive en amarga desesperación, loco de pesadumbre, porque adora á la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeños, logró ya descubrir á la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero, en resumen, nadie, á sabiendas, puede decir dónde está la señora de Ramírez, por qué, ni con quién huyó. Ni aun es posible suponer la actitud del abandonado esposo, retraído en el más absoluto aislamiento después del drama, y desde años atrás casi en divorcio con la población.

Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza del Robledo. Ana María se casa con Adolfo Velasco, Velasquín como familiarmente se le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une á las dos familias más pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes admiraciones en el vecindario. Sábese que la madre del novio es dama austera de mucho recato y sólidas virtudes, y sorprende la seguridad de que la rígida señora estimula con su patrocinio y simpatía la mutua afición de los muchachos.—¿Cómo—dicen los chismes populares—la displicente viuda acoge con regocijo, para nuera, á la hija de Carlota? Mirando los sucesos al través de Torremar, también á Regina le extraña el caso. Velasquín, mozo arrogante y distinguido, la primera figura masculina de la juventud porteña, está emparentado con rancios linajes españoles, y por sus méritos y posición, bien pudo él buscar novia tan noble y adinerada como Ana María, sin que tuviese mácula en el nombre de su madre...

Por cierto que los Velascos no han ido á visitar á la de Alcántara, y sólo con unas tarjetas ceremoniosas hicieron los honores del regreso á la interesante señorita. Lo está ella reflexionando con disgusto, cuando se dibuja sobre aquel enojo el perfil encantador de Ana María. Todas las memorias se obscurecen á la luz ideal de este semblante, lleno de sencillez y de frescura.