No es «una belleza» la niña de Ramírez; pero tiene un conjunto armonioso de juventud y de bondad, tan apacible y amable, que la admiran como portento de hermosura cuantos ojos la contemplan, y los corazones se van en pos de su gracia.

Sólo así se comprende que, teniendo la moza pocos años, rica dote y gentil presencia, no sufra de enemigos ni de envidias en los angostos límites de tan menuda ciudad.

Meditando la de Alcántara en estos privilegios de su amiga, murmura con admiración un poco triste: «No sé qué hechizo es el suyo para cautivar así.» Y la recuerda en el ademán de aquel abrazo con que anudó al cuello de la repatriada un roto collar de infantiles memorias. Fué una de aquellas tardes de expectación para Regina, cuando en su gabinete se hizo más agitado y reverencioso el movimiento de saludos: llegó Carlos Ramírez con su hermana, y ambos mostráronse tímidos un instante al advertir la presencia de un gran cortejo. Mas de pronto, Ana María dominó su cortedad en fuerte impulso de emoción, y abrazóse á la compañera de su niñez, prendiéndola con un lazo de cálida ternura. ¿Qué se dijeron las dos muchachas, juntos los labios y los corazones que tantas veces compartieran sonrisas y latidos? Habláronse á media voz, dulces y truncas frases de amistad y tristeza. En las palabras vehementes de Ana María cantó el sentimiento una romanza cordial y piadosa, mientras la rubia de los negros ojos pretende analizar sus impresiones en aquel mismo instante, al calor de los halagos que recibe y prodiga. De tan inusitada exploración saca la escéptica esta sola conjetura:—La niña del Robledo—dícese—es hogaño mujer seductora que hace honor á las gracias de su madre; pero nuestras caricias son aparentes, de seguro; esta emoción que nos sacude no es más que sorpresa, tal vez miedo... Entre dos mozas casaderas no cabe un cariño desinteresado; no puede existir la pura amistad, ni la simpatía noble... Estamos representando una comedia...

Y desde aquel momento la de Alcántara puso una triste suposición de hipocresía y falsedad en su íntimo trato con la de Ramírez, y amargó las frases y los besos de tan dulces relaciones, no mirando en Ana María á la paciente compañera de su niñez, sino á la terrible rival de su juventud.

Contribuyó á la malevolencia de estos juicios una casualidad muy frecuente en semejantes asuntos; la moza recién llegada había pensado elegir novio en el pueblo, y no supo sin sordas inquietudes que era el novio de su amiga la flor de los galanes torremarinos.

Esta averiguación impulsaba hacia el Robledo, con empuje de lucha, todos los instintos de Regina; era un excitante con que su vanidad y su impaciencia despertaron, fuertes y belicosas, después del sueño de aquella temporada.

Algunas sutiles inspiraciones detuvieron á la inquieta mujer antes de lanzarse á buscar entre los de Ramírez, con arrebato ansioso, el drama secreto de Carlota, el amor dulcísimo de Carlos, y tal vez la envidiable felicidad de Ana María. Irresoluta un punto la de Alcántara, trató de contener su insaciable apetito de emociones delante de aquellos dos hermanos que desde niños la querían, y en quienes adivinaba, á despecho de sus fatales ideas sobre la amistad, raras virtudes de adhesión. Acaso por primera vez quiso Regina combatir el ciego ímpetu de su naturaleza imperiosa. Y puso la atención nuevamente sobre el sencillo programa de existencia que se trazó á sí misma en alegre amanecer de ilusiones, cuando rememoró su vida y sus pesares al tocar tierra española, salvando del naufragio de sus quimeras una firme esperanza de ventura. Este sedante recuerdo amansó un poco la naciente agitación de su espíritu. Sonrió á su ideal de vida humilde, entre la tierra y las olas, poseyendo un jardín y un balandro; haciéndose querer de sus vecinos por la dulzura y sencillez de costumbres; practicando habilidades caseras y devociones religiosas, y esperando tranquilamente á la señora felicidad, que pasito á pasito llegaría en la forma de un arrogante mozo. Las cinco hijas del juez, portento de economía inverosímil, enseñarían á la novata á inventar postres, bordados y vestidos; el viejo doctor, D. Fermín Pérez, la sometería á un plan higiénico y saludable contra las aprensiones que la mortificaban; y del bondadoso párroco don Amador Olmeda, aceptaría la sabia dirección espiritual que con discreto interés le brindara desde su primera visita aquel dechado de sacerdotes.

Débiles eran estos sanos propósitos. Como si su mantenedora les augurase inutilidad y fracaso, abandonóse á ellos sin fervor y los puso en práctica tibiamente...

Entorna Regina los ojos con resignación al murmullo de las conversaciones, que se van haciendo pesadas para ella, en las tertulias de su gabinete: compra libros de rezo y manto devoto; y, del bolsillo de una falda manida, náufraga en el fondo de un baúl, extrae un rosarito, que Eugenia abrillanta con afán, asegurándole á la señorita:

—Es el que usó tu madre para diario.