Aquel soplo efímero de piedades mueve en la casa un ligero vaivén sentimental. Eugenia coloca sobre la cama de su niña un abandonado lienzo donde se aparece la Virgen del Carmen con el Niño Dios en los brazos. Marta, con disimulo y reserva, enciende á San Antonio una mariposa en un altarcillo parroquial; y Regina manda hacer funerales por sus difuntos, y pide con urgencia á Santander dos grandes ampliaciones de los retratos de sus padres. Quiere colgarlas en el saloncito dormitorio, allí donde piensa rezar y coser, glosando los amores de Filomena y don Celso, con embustes de las de Estrada y sandeces de la señora del alcalde, una dama que suele hablar de historia y literatura, confundiendo á doña Juana la Loca con doña Beatriz de Galindo.
Lleva Regina sus planes discretos hasta suponer que será la tierna confidente de Ana María, la fraternal camarada de Carlos y la devota practicante de todas las novenas y congregaciones de Torremar.
Con esta sola hipótesis ya se juzga ella un prodigio de abnegación, una heroína de la amistad y la misericordia.
Ya se siente crucificada en el más duro de los sacrificios; suspira con aire pesaroso, y luego rompe á reir, pensando que todo aquello es una broma irrealizable, una absurda ocurrencia reñida con el señorío indominado de sus prácticas y sus gustos...
Pablo, el marino jardinero, siente la placidez de aquella bonanza casera, y pide la nave que Regina le había ofrecido. A tiempo que el futuro patrón y la señorita riegan las flores, á la caída de la tarde, es cuando el mozo se atreve á recordar aquella halagadora promesa.
—Para las regatas de los Mártires—masculla enrojecido—ya puede estar en el balandro aquí.
Oyó Pablo contar que en Inglaterra tienen los yates hechos, y que los mandan á la medida, en cuanto se escribe.—Así lo consiguieron los señoritos del Club, en un periquete.
Pone la dama su mano de lirio en el hombro medio desnudo del marinero, y asegura su oferta con suavísimo agrado. El mozo se inmuta bajo la presión sedosa de aquella manecita condescendiente, y la muchacha, sonriendo y mirándole, le aturde hasta hacerle sudar y palidecer.
Quédase allá abajo quieto y confuso el paisaje marino. Cruzan el aire como saetas dos golondrinas, y en un hermoso cielo de julio, muere la luz del sol humildemente, sobre el repique grave de una campana y la canción profunda de las olas.