V
el ensueño del balandro.—corte de amor y galantería.—caballero en brioso alazán...
Vehemente, bullidora como la espuma, como la espuma tornadiza y frágil, pone la de Alcántara en sus proyectos el ímpetu de las cosas que no se realizan jamás. ¡Con qué entusiasmo se entrega á los ardores de la imaginación, sin perjuicio de abandonarse después á la indolencia y la acritud, desmenuzando cruelmente las causas de sus recónditos sentimientos! Todo se le vuelve tejer fantasías y destejer emociones, como la sombra de Penélope.
Allá van ahora, con ínfulas de actividad, sus bellos planes de burguesa urdimbre. Cosen las niñas del juez al lado de la extravagante moza, mientras ella asegura que va á empezar un encaje «al día siguiente». Ha decidido encargar su balandro á los Talleres de San Martín, en Santander; tendrá de largo siete metros, y le costará unas doce mil pesetas. «Mañana mismo» va á escribir pidiéndole, y dará mucha prisa para que se le entreguen pronto.
Timonel, el viejo amigo de la señorita, está muy interesado en esta compra, y tiene con la dama una conferencia sobre el negocio:
—Buen aparejo y buen personal para manejarle—recomienda prudente.
—¿Le parece bien Pablo?
El viejuco, con pertinaz guiño, como si escudriñase un horizonte peligroso, mira hacia adelante en lenta pausa, y replica:
—Sí, Pablo me parece bastante bien.
Luego se ofrece á probar él la nave y el piloto para mayor seguridad. Le preocupa á la muchacha el nombre que ha de ponerle; un nombre bonito y raro... Alza los ojos como si le buscase por el techo; y á poco, las niñas del juez, el marino, Eugenia y Marta, que están presentes, levantan la cabeza, buscando también por allá arriba. Sólo encuentran unas cuantas moscas que giran lentamente en un rayo de sol.