—«Eso»—alude Timonel, fallido—se discurre cuando el barco está pronto. Y «hacemos» aquí el bautizo, que es cosa maja y divertida, fiesta solene, con cura y todo...

—Velasquín—dice una de las aplicadas costureras—también tiene pedido un balandro no sé adónde.

—¿Y sabéis cómo le va á llamar?—inquiere la de Alcántara.

Marta sonríe muy segura.

—Le llamará Ana María, como la novia.

Recae la atención en este noviazgo, tema favorito de todas las conversaciones en la actualidad. Y Timonel, luego que dedica algunos pintorescos elogios á la gentil pareja, se despide, volteando la gorra en sus manos endurecidas como raíces secas y ásperas. Es un viejo sonriente y firme, que cuelga sobre el pecho, desnudo y velloso, los nevados flecos de una barba hirsuta. Tiene cierta costumbre fina de tratar con el señorío, y se paga mucho de su privanza con los marinos de afición más ilustres en Torremar desde las tres generaciones últimas.

Al salir del gabinete deja Timonel sobre la alfombra la huella vaga de sus zapatos enormes, y en el aire un fuerte olor á marisco y á brea.

Quédanse las señoras conversando de Ana María y Velasquín. Las del juez cuentan que el novio es riquísimo; que tiene automóviles, caballos, caseríos, fincas rústicas y millones de pesetas.

—No exageréis—arguye Regina con gesto impertinente—. Además—cuestiona—, Adolfo tiene un hermano.

—Sí, pero Manuel no se casará. Sólo piensa en los libros y en los descubrimientos biológicos.