—Puede gastar su fortuna en bichos ó en rarezas.

—Adora á su hermano, que es el ídolo de la casa, y que disfrutará todo el caudal, seguramente—afirma la del juez muy convencida. Las demás, conocedoras de estos caudales y estas adoraciones, dicen que sí con igual certidumbre. Y se dobla la frente de Regina opresa en la meditación que surge de aquellos comentarios:—Poco—piensa—se ha detenido Ana María en este gabinete recién abierto á la playa de nuestra niñez. Con la disculpa de que el Robledo está muy distante y de que ella tiene graves obligaciones de ama de casa, reposa apenas en este sofá que yo destino á íntimas confidencias... Casi nada me ha contado de su novio, á quien ni de lejos he logrado ver. Tal incógnito y reserva son indicios de que no hay sinceridad para mí en los halagos de esa muchacha...

La sospechosa, súmese después en más gratas cavilaciones. ¡Carlos sí que la quiere con fuerte cariño, seguro y grande!... Siéntese ella acariciada por la ardiente adoración de aquel mozo sentimental y extraño, que la envuelve en luces de sol cuando la mira y tiembla cuando la saluda.

Una atracción secreta y curiosa impele á la de Alcántara hacia su silencioso adorador. Lo mismo que de niña rompía los juguetes mecánicos para ver lo que tuviesen dentro, así ahora quisiera quebrantar la timidez de aquel corazón juvenil, para escuchar el grito ingenuo y apremiante de un primer amor.

Alentado Carlos por las preferencias de Regina, allí donde, por verla unos minutos, soportara la rivalidad de otros jóvenes torremarinos, abrió su alma á las ilusiones más sonrientes, soñando una divina gloria de venturas. Hizo versos eróticos; compuso al piano, con súbita inspiración, sonatas delirantes y febriles; y todas las tardes rondó la playa, subiendo y bajando, como el mar, á los pies de la casa de Regina. Luego, al anochecer, buscaba el camino de la parroquia para ver el perfil de la joven á la hora de la novena.

Comenzó á susurrarse en el pueblo que Carlitos Ramírez estaba locamente enamorado de la señorita de Alcántara; ella sonrió alegre cuando la dieron broma con él, y puso en incertidumbre á otros galanes atendiendo á Ramírez entre todos.

Ya su dote y su belleza habían rodeado á Regina de una respetuosa corte de amor. Fabricio Bernaldo, un hermano talludo de la amorosa Filomena, aplacía tiernamente los ojos y las frases sobre aquel astro nuevo de la dorada sociedad. El notario, un hombre muy triste, con cara de moro, buena hacienda y ganancias apreciables, suspiraba también por Regina, sin disimulo ni sosiego. Y la codiciaron con igual apetito, Felipe Alonso, rubio y lánguido como un tenor de opereta; Paco Ordoñez, médico, chiquitín y ocurrente, hijo único de viuda rica, y otros cuantos señores casaderos y estimables, cuyos nombres no son de interés ni utilidad á las páginas de esta historia verídica.

Cuando las dos niñas del juez, de turno aquella tarde en casa de Regina, terminaron su labor, era la hora del rosario. Ciñéronse las muchachas, como su huéspeda, unos velitos modestos sobre la frente, y se dirigieron á la parroquia.

Ibase el día vencido á morir en el mar túmido y sollozante. En lontananza serena se besaban las aguas y las nubes, ya obscuro el cielo con el manto de sombra de la noche.

Por una leve senda que bajaba á la ciudad desde el Robledo, resonó el trote firme de un caballo, y, delante de las tres niñas devotas, pasó, jinete en brioso alazán, un mozo arrogantísimo, con la solapa florecida, el puro en los labios, y un aire diestro y feliz, lleno de gracia.