—Es Adolfo, que viene de ver á la novia—anunciaron á Regina las del juez, mientras que el caballero saludaba cortésmente sin hacer alto.

Quedóse la de Alcántara presa de un deslumbramiento indefinible. Aquel rumbo, aquel porte del mozo, tan desenfadado y gentil, la recordaban los grandes salones que con su padre había recorrido en los días felices de triunfos y esperanzas, cuando desdeñó todas las dulces realidades del mundo para correr detrás de los sueños y las fantasías.

Ahora se había vuelto muy práctica. Ya no se enamoraría de un bravo explorador aventurero á quien los salvajes pudiesen hacer picadillo para amenizar las diversiones de una selva virgen... Quería un novio seguro, en tierra civilizada, un hombre elegante y alegre, acaudalado y noble... como Velasquín, por ejemplo... Detrás de él marchó cautiva la atención de la muchacha.

Lanzábase ya el caballo de Adolfo entre la melancólica polvareda de la ciudad, bajo los árboles hojosos del camino y el fulgurante silencio de la luna. Había pasado el jinete rápido y marcial, deslumbrador como una estrella que brilla y huye, dejándole á Regina una ansiedad punzadora clavada en el pensamiento.

Al salir de la novena y saludar ligeramente á los señores del pórtico, fuese la de Alcántara hacia Carlos Ramírez con fácil familiaridad y le contó, bajito:

—Mañana por la tarde os hago una visita. Espérame á las cuatro en la entrada del bosque... Tienes tú razón; mi luto no reza con vosotros.

En la sorpresa de su gratitud sólo halló Carlos palabras triviales:

—¡Cuánto me alegro!... Haces bien... Ya te lo había yo dicho...

Ella, furtiva y sonriente, se puso un dedo en los labios con expresivo ademán y echó á correr entre sus compañeras.

Cuando el muchacho subió á su casa, por aquel ondulante camino que frecuentaba Adolfo, parecióle que nunca fuese la vereda tan suave y halladiza. No vió como otras veces, la sombra triste de su madre en el solariego robledal, porque prendió la luna en el bosque la caricia de su luz y alzó la brisa tal rumor de besos, que se ahuyentaron los gimientes fantasmas perseguidores del mozo.