VI

¡adiós, luto!—«petit trianon».—prosigue la historia de la «bella durmiente».—la moral de regina.—tragedias y ternuras.—las flores que no sirven para nada.

A grandes pasos, como si todo el camino fuera suyo, cruzaba Regina el arrabal, buscando la altura del Robledo. Se había ceñido un traje de tul, calado en las mangas y el escote, impropio de su luto reciente; y aun alegró la sombra de la tela con unas rosas blancas, prendidas en la cintura. Salió anhelante, atropellada de vehemencias y de impresiones, sin saber á punto fijo qué cosa fuese á buscar sendero arriba; pero segura de que buscaba algo urgente y apetecible para su inquietud. Dejó á Eugenia en el zaguán haciéndose cruces:—¿Adónde iba la niña con el luto en alivio, sola y apresurada, ardiendo así la tarde?

—A divertirme. A salir de esta clausura donde ya me ahogo: ¿tiene algo de particular?

Y sin esperar respuesta, viendo que acudían también Marta y Dolores, y que Pablo se iniciaba sorprendido en el fondo del jardín, emprendió la marcha con mucha resolución.

Ya en el sendero que conduce al robledal, se detiene y mira á todos lados, con incierta sonrisa. Por allí subió muchas veces, rapaza errante, libre como los pájaros, á encontrar á los amigos, á quienes fascinaba y divertía con sus cuentos maravillosos. Siente la nostalgia de aquellas horas, cuando en la ruda independencia de su niñez le era tan fácil escalar un atajo y seducir unos corazones... Cautiva del mundo y de sus convencionalismos, atormentada por la educación, acaso es un delito repetir semejantes aventuras...

Así piensa Regina con despecho, posando sus ardientes ojos en la ciudad menuda, que en la modorra de la tarde estival parece dormir, pobre y cansada.

De pronto, en un límite confuso de la carretera, surge un tren pequeñísimo y veloz, que se agranda y silba, que se retuerce en la serpeadora línea blanca, y cruza la población y sube al arrabal. Es el automóvil de los Velascos, el único del pueblo. Regina no distingue quiénes van en él. Le ve ganar el soto sobre el cual se apoya la flamante casa de tan ilustre familia montañesa. Las torres del espléndido edificio asoman por detrás de la brava altura donde la casita de Alcántara se yergue.

Muchas tardes Regina, desde su mirador que da al jardín, á espaldas de la mar, contempla absorta aquella residencia de príncipes, palacio moderno en el cual supone encerradas todas las exquisiteces del lujo y el confort. ¡Ella tendría que gastar su fortuna sólo en la verja de una finca semejante! Tienen razón las niñas del juez: ¡deben de ser muy ricos los Velascos!...