La admirada mansión es de una arquitectura libre y voluptuosa, que, indisciplinada contra las reglas, sabe introducir las comodidades y la novedad, recordando las elegancias de Watteau, los refinamientos versallescos, los extravíos finos y raros del siglo XVIII.
Sorprende á Regina que haya sido la acogedora de tales sutilezas una dama devota y madura, consagrada al culto de los santos y de las flores. Y se confunde con este asombro el recuerdo de Ana María, aceptada con placer para nuera, por la viuda floricultora.—Tal vez—se dice—la madre de Velasquín, á pesar de sus afanes piadosos y sus prácticas severas, resulte, por dentro, una dama al estilo del pequeño Trianón...
Avanza Regina en su camino y en sus reflexiones, mirando siempre las cúpulas de los Velascos y la parte alta del edificio que la observadora descubre á medida que asciende; aquellos impacientes perfiles, aquellas líneas ondulantes, toda la linda traza y el conjunto inusitado de la construcción, ¡qué bien dicen las inquietudes y los refinamientos de la vida moderna! Allí las horas correrán muelles y solazadas sin la monotonía enervadora del vivir campesino... Regia instalación estival, con un yate liviano, cómodos carruajes, rápidos automóviles, y un bello amor, exótico y fuerte... En el invierno, Madrid, con su vida cortesana y opulenta; triunfos de salón, regocijos de hogar... ¡Qué dichosa iba á ser Ana María!...
Ya está la moza en la linde del bosque donde Carlos aguarda.
Manso el ramaje susurra débilmente, y por los desgarrones de la fronda afila el sol las saetas de su luz hasta la hermosura brava de la selva como un enamorado que con ojos atrevidos rasgase la pudorosa túnica de codiciada mujer.
Sintiendo está Regina toda la belleza del agreste paisaje, cuando llueve en la gasa de su ropa un puñado de flores. Sonríe la muchacha: registra en torno con sus lentes y descubre á Carlos tendido en el suelo, en actitud de lanzar otro puño de borrajas y margaritas. Cuando caen aquellos olorosos proyectiles sobre la elegante blusa, sutil como la niebla, Regina se detiene renovando con rara claridad la remota impresión de un sueño que tuvo no sabe cuándo, en horas de fiebre: Era en una espesura salvaje, huyendo, no se acuerda de quién; las flores le sonrojaban el cuerpo desnudo cayendo en lluvia suave, como de caricias ó de miradas... Vagamente murmura:
—¡Jacinto Ibarrola!... Fué un delirio, una ilusión...
Carlos ya está de pie, gozoso, esperanzado; y ella le saluda con la memoria ausente y la sonrisa lejana.
A la apremiante solicitud del joven trata Regina de sacudir aquella insólita enervación de su voluntad, y déjase caer en el mantillo de la selva, bromeando y sonriendo. Quiere desechar á todo trance las memorias tristes, porque sabe que le entorpecen su paso decidido y que turban su corazón. Y arriesga la mirada en la penumbra del bosque, con la cobarde ansiedad de esconder sus pensamientos á la sombra durmiente de los árboles... Fué de veras que los escondió, porque del toldo umbrío, rasgando los cendales de enredaderas y de helechos, vió Regina surgir la imagen dulce de Carlota. Al punto, olvidada de todo lo que no fuese la tragedia profunda del Robledo, volvióse hacia Carlos la muchacha, con la curiosidad encendida en los ojos, y rogó, insinuante, hasta que el joven, sentado á los pies de ella, ató el hilo de aquel drama sin final.
—Después que me lo cuentes—dice conqueridora la de Alcántara, buscaremos á Ana María.