Pero el mozo, que un minuto antes, ardiendo en ilusiones, estaba muy lejos de aquella realidad, patulla torpe en su relato.

Ayudándole Regina, inquiere:

—¿Qué sucedió cuando tú marchaste á Madrid y tu hermana al colegio de Zallas?

«—No partimos ninguno de los dos—dice Carlos, ya dentro de su pena.—Fuimos retrasando nuestra salida, porque mi madre, entonces, mostró un aspecto de cansancio y hastío que nos preocupaba mucho. Ella intervenía en todos los pormenores del laboratorio con trabajo incesante. No sólo estaba á las órdenes del «dictador» en los materiales trajines, sino que, además, copiaba escritos, leía en voz alta y hacía dibujos... Después, velaba á la cabecera del sabio, que se dijo «enfermo de fatiga»... Horas sin fin vagaba mi padre por la casa, mirándose la lengua en todos los espejos, tomándose el pulso en todos los rincones, maldiciente y desesperado, negro el humor, como un abismo. Seguíale su mujer igual que una sombra esclava, sirviéndole á cada ralo manjares preparados por ella, y que mi padre apuraba, protestando ruidosamente de su calidad y condimento. A menudo, mezclándose á las voces de furor, oíanse chasquidos de cacharros, y mi madre se adelantaba presurosa á nuestras preguntas, diciéndonos que había dejado caer por torpeza el servicio de la comida...

Una noche me pareció escuchar gritos lastimeros, sollozos y ayes. No era la voz irascente, terror de nuestra casa, la que así me despertó á deshora. Era un velado acento de mujer, una voz blanda como la de mi madre. Me levanté de un salto á medio vestir, salí al corredor y todo estaba obscuro y silencioso.—Habré soñado—me dije. Y atento á la paz negra que me envolvía, aún escuché un suspiro, dudando si era caricia del jardín ó desahogo de un pecho. Después llegó á mis oídos un susurro como de brisa ó de oración, y en la ceñuda sombra vi encenderse una raya de luz señalando el dormitorio de mi hermana. Fuime descalzo y cauteloso hacia el hilo brillante y abrí la puerta. Ana María, sentada en su lecho en actitud de quebranto y de insomnio, ahogó un grito de alarma.»

—¿Era ella la que te despertó gimiendo?—preguntó Regina.

—«No, al escuchar, como yo, la doliente quejumbre, se había desvelado en ansiedad miedosa. Pero ante las sospechas de mis preguntas mostróse calmada y rogó que me acostase sin hacer ruido, porque, seguramente, éramos unos locos que soñábamos con llantos mientras todos dormían en el Robledo. A medio convencer la obedecí, y aunque velé toda la noche, con el amargor de tristes dudas, ningún alarmante suceso me volvió á inquietar. Mas un ansia frenética de ver á mi madre me poseyó al siguiente día. Con la aurora ya estaba yo vestido, paseando por mi habitación en espera impaciente de que la casa se animase con los acostumbrados rumores. Sentí que se abría la puerta del gabinete de mamá. Salí corriendo y la puerta se cerró. Pero incapaz de contener mis prisas y mis inquietudes, entré resueltamente en el aposento contiguo al dormitorio matrimonial. Mi madre se estaba peinando, con el larguísimo cabello flotante hasta las rodillas. Al verme en la luna de su tocador, tornó hacia mí la cara llena de asombro y preguntóme ansiosa:

—¿Estás malo?... ¿A qué vienes y por qué madrugas así?

Yo también la miraba con ansiedad creciente. Observé su enfermiza palidez de encarcelada, y en los ojos agrandados por el sufrimiento, una luz sombría que me causó espanto. El livor profundo de las ojeras y el grave pliegue de la boca, daban á su rostro, siempre tan dulce, una extraña expresión de locura.

—Tú sí que estás enferma—pronuncié sin saber qué decir, asustado por la profundidad del dolor que su semblante traslucía.