Levantó ella los brazos maquinalmente, enlazándose el pelo de cualquier traza, tal vez para ocultar sus ojos turbados por los míos. Entonces, las mangas anchas y ligeras del peinador se le deslizaron hasta los hombros, y en los brazos, de sedosa y peregrina blancura, le vi de pronto, con terror indecible, varias señales negras y crueles, extendidas como sacrílega profanación en la hermosa carne sagrada para mí... Toda la tragedia bárbara de aquella vida se me reveló en tan espantoso minuto. Pero aun quise dudar, ciego por el terror de creer. Y tocando las mazadas huellas del suplicio, grité alocado:

—¿Qué es esto, dime; qué es esto?

Retiróse dolorida, se apartó los tenebrosos cabellos en ademán brusco, y con una resolución desesperada señaló hacia el dormitorio y me dijo únicamente:

—Ese hombre.

—¡Miserable!... ¡Miserable!—rugí. Toda mi ternura se deshacía en sollozos y en maldiciones, cuando se presentó mi padre con estrépito, medio desnudo, trágico y amenazador.

—Si no calláis os mato—regañó con fiereza.

—Acaba de una vez—respondió serena su víctima, con altivo desprecio.

Lanzóse furioso hacia la cama, buscó entre las ropas, y le vimos empuñar un revólver:

—¡Os mato!—repetía.

Dos acentos agudos apagaron su voz: