—¡Mi madre!

—¡Mi hijo!

Y á un tiempo nos arrojamos á la defensa mutua contra el cañón negro del arma. Yo la arrebaté de las manos cobardes que tantas veces con ella apuntaron al pecho de una mujer. Pero aquellos feroces puños se crispaban aún sobre la dolorosa que á mi lado sufría, y un torrente de injurias brutales abrumó á la infeliz. Cegado por la indignación, blandí el arma sin saber lo que hice, y amenacé:

—Disparo, si la tocas.

Al rozar los pálidos dedos de mi madre que desviaban el revólver, apreté convulso el gatillo, y silbó una bala que se clavó en el techo...»

—¿Qué más?... ¿Qué más?—pide Regina, acuciosa y febril.

Carlos parece que está fuera del mundo, en nublada existencia de visiones y pesadilla. Oye que le dicen otra vez: ¿qué más?, y murmura estremecido:

«—¡Ah! sí, pues nada; una cosa ridícula. Mi padre dió muchas voces pidiendo socorro; temblaba, quería huir. Tropezando en los muebles, á tumbos, llegó hasta el lecho: le miró, nos miró, y zambullóse en él con heroico arranque, en la actitud tremenda de quien se tira al mar. Se subió el embozo hasta cubrirse la cara, y quedó mudo, inmóvil.

—Está loco—dije á mamá. Acerba, segura, replicó:

—Es un infame.