Y giramos hacia la puerta al escuchar el roce de un vestido. Ana María, demudada, temblorosa, estaba allí.

Fué urgente que la prestásemos apoyo, porque la vimos desfallecer. Nos miraba interrogante, trémula, y aunque la queríamos tranquilizar, rompió en llanto, doliéndose:

—¡Qué vida nos espera ahora!

Pero yo no estaba para lamentaciones inútiles. Una actividad punzante me consumía. Anduve á pasos inquietos el saloncito de costura donde nos habíamos refugiado. Las dos mujeres, abrazadas en el sofá, tejían lástimas y consuelos como si estuvieran duchas en tan amargos lances de vergüenza y dolor.

Por fortuna, la servidumbre, escasa aquel día, trajinaba en el corral, y nadie oyó el disparo, que apagó su estallido en la profundidad de las habitaciones.

Pasamos la mañana en aflictiva sombra de pensamientos. Eran los míos tan atropellados y confusos, que en un instante caía desde la más terrible resolución á la impotencia más abrumadora. En un giro loco de tales ideas, pregunté á mi madre airadamente:

—¿Por qué te casaste con él?

Dejó temblar su voz llena de lágrimas, y con infinita ternura repuso:

—Porque debíais nacer vosotros...

Estrechóse mi hermana contra ella, balbuciendo no sé qué frases y caricias.