Yo, transido de gratitud y de emoción, me arrodillé á besar las manos de la mártir. Y entonces suplicó, enérgica y dulce.
—Júrame que le respetarás.
—No; le aborrezco—dije.
—Debes perdonarle. Es preciso que le perdones, como Ana María.
—¿Eres capaz de eso?—pregunté indignado á mi hermana.
—Hago lo que mamá quiere—confesó.—Me lo pide ella... Por servirla llegaré á las cosas más difíciles del mundo.
Había tal esfuerzo en sus palabras, que enmudecí, juzgando mucho más noble su obediencia que mi rebelión.
Mi madre insistía:
—Jura, Carlos...
Pero alcé los ojos á mirarla con tal angustia, vió en mi semblante el tormento de tantas inquietudes sordas y crueles, que poniendo las manos en mis hombros, me dijo, grave y digna: