—Jamás he merecido que él me trate así. ¿Oyes, hijo mío? ¡Nunca!... Por vuestro amor llevé la cruz de este suplicio en secreto espantoso... Ana María conoció antes que tú la intensidad de mi desventura...

—Es un crimen—le interrumpí horrorizado—que sigas viviendo con ese hombre.

—Ya no hay para qué—dijo—si tú sabes que no debo vivir con él; que no puedo. ¡No, ya no puedo más!—sollozó desolada...»

Se contrae la voz del mozo en repentino quebranto. Regina, más atenta á la curiosidad que á la compasión, apremia impaciente:

—¿Qué hicisteis, di?...

Ambos amigos están viviendo la fatal historia. El siente y sufre. Ella, imaginando, saborea el estimulante amargor del drama y le apura con trágica sed en los labios del joven, por lo mismo que él sazona con sus lágrimas la relación...

Esplende la tarde, rútila y bella. Bajo el toldo quieto del robledal gorjean y reclaman los pajarines, y en un ribazo florecido balitan unas ovejas, enamoradas ó errantes.

Carlos Ramírez, borracho con el ácido licor de sus recuerdos, nada escucha ni admira; arranca flores de la alfombra de césped donde se recuesta, y sigue diciendo con traspasada lentitud:

«—Nada hicimos entonces. Formamos un haz de almas en tortura, hasta que mi madre, de pronto, rompió el hechizo de nuestra pena con su palabra persuasiva y valiente. Nos prometió redimirse de su esclavitud sin retroceder ante ningún obstáculo. Iría en consulta á la capital aquella misma tarde, para entablar la demanda de divorcio lo antes posible.

—Tendré que separarme de vosotros provisionalmente—dijo. Y ante nuestra alarma dolorosa, añadió: