—Después que mi libertad se legalice, vendréis á mi lado sin abandonar por completo á vuestro padre. Es preciso—insistía—que le compadezcáis mucho, que le cuidéis. El os quiere y será bueno para vosotros.

Mi hermana se atrevió á decirle que ante la amenaza del escándalo y la separación, tal vez el culpable prometería una absoluta enmienda, un arrepentimiento lleno de compensaciones y humildades. Pero mamá dijo al punto, con viva repugnancia:

—No, no. Es imposible. ¡Nunca, nunca!

Vimos en su rostro la firmeza de una inquebrantable resolución. Su hermosura cobró un aspecto de altivez y poderío que jamás tuvo. Y hasta en el dolor y el embeleso con que nos acariciaba creíamos sentir un aura saludable y nueva, una fuerte expresión de dignidad y valentía. Me pareció mi madre otra mujer. Su nimbo de dolorosa tomaba realces gloriosos, resplandores de triunfo. Y, sin embargo, ¡cuánta amargura en su acento, y en su sonrisa cuánta tristeza!

Casi todo el día estuvimos los tres juntos, en una intimidad tan acordada y profunda, como no la disfrutamos hasta entonces.

El criado recibió con visible sorpresa la orden de servir á mi padre la comida en la cama. Poco más tarde, suponiendo que nos interesaba mucho la noticia, fué á decirnos «que el señor había comido muy bien, sin rechazar ningún plato». Y como mi madre no manifestara interés por el suceso, entre la breve servidumbre se inició un murmullo de asombro, al ver á la señora libre de sus hábitos de esclava, á salvo de apuros y de gritos.

Un silencio de tumba reinaba en las habitaciones conyugales, donde el drama absurdo y brutal se deslizó en la sombra tantos años.

Ya vencido el día, acompañé á mi madre á la iglesia. Quiso hablar con don Amador, y la dejé en el confesonario, mientras pedí un coche que nos esperase en la carretera del Robledo. Mamá deseaba no hacer uso del ferrocarril, temiendo que en la estación de Torremar la molestasen con preguntas ó acompañamientos importunos.

—Iré desde casa en un coche—dijo—y aun me queda tiempo para ver hoy al abogado. Mañana haré las diligencias más urgentes, y volveré á la tarde.

Preguntábale yo, si no temía la actitud violenta que él tomase por tan decisivas resoluciones.