—Bajábamos por ese mismo sendero—señaló Carlos á Regina—; estaba así la tarde, como ahora, tan espléndida y dulce. Mi madre respondió:
—No temo nada. Sólo es capaz de crueldades lentas, de infamias silenciosas... "Ese hombre" es un caso estúpido de ferocidad sorda y ruin, sin precedentes en cuanto yo sabía de crímenes humanos... Valido de mi flaqueza y mi terror, me hubiera matado lentamente, gozándose en atormentar mi alma y mi cuerpo en una bárbara cobardía de muchas horas. Roto el secreto de sus perversidades, amparada yo de la ley, pedirá perdón y llorará como un nene que delinque sin malicia ni consciencia, maltratando su juguete favorito...
—¡Pobre Carlota!—lamentó Regina.—Bella durmiente del bosque, encantada por el Ogro!...
Carlos vuelve un instante á la realidad, y contempla á la muchacha en muda adoración.
Pero ella está tranquila, pendiente de la historia, deseando á la vez que dure mucho y que se acabe pronto.
Y sin reparar en las emociones de su amigo, le apresura y le emplaza:
—Cuéntamelo despacio, y acaba en seguida.
—No acabaré nunca—se duele el mozo.—Y relata obediente:
«Después de la brevísima conferencia de mi madre con su confesor, volvimos á la finca, dejando el coche allá abajo, en un cruce del sendero y el camino real. En breve, mamá estuvo preparada. Entró en el laboratorio, no sé si á despedirse de Manuel Velasco, ó á buscar alguna cosa. Fué cuestión de un instante...»
—¿Manuel iba todos los días á vuestra casa?—pregunta Regina con vivo sacudimiento de interés.