Hubo entonces otro malévolo cuchicheo en el grupo juvenil, y dijo una voz atrevida:
—Van acudiendo en parejas...
La marquesa salió al encuentro de la señora que llegaba, una mujer arrogante, en pleno estío, vestida con exquisita sencillez y donosa de palabra y ademanes.
Con argentina voz declaró al entrar:
—Rafaelito, que estuvo á visitarme, se ha empeñado en traerme en el coche...
—Nunca mejor ocupado—aseguró la dueña de la casa.
Y después de algunas presentaciones, y cumplidos se llevó del brazo á la buena moza y le hizo sitio en el sofá.
Quedó en medio de la sala Rafaelito, haciendo graciosas reverencias.
Jamás un hombre mereció el despectivo remoquete de «sietemesino» con más justicia que el único hijo varón de los marqueses de Coronado.