Era enteco, menudo, zambo. Sobre su mezquino tronco se balanceaba una cabeza enorme, sostenida con esfuerzo por un cuello largo y sinuoso. El semblante era de una fealdad tan «perfecta» que inspiraba emoción; se le podía mirar con repugnancia ó regocijo, nunca con indiferencia.
De aquella caricatura de hombre salía una voz opaca y profunda, que tenía el raro privilegio de contener todas las conversaciones y reinar sobre todos los oídos con extraño deleite, por más que el peregrino vozarrón sólo dijese por casualidad algunas palabras de sustancia.
A Rafaelito le amaban sus hermanas y le adoraban sus padres, gozaba las simpatías de las más bellas mujeres y era solicitado y preferido en todos los centros de la «buena sociedad». No había gran fiesta sin su concurso ni escándalo aristocrático sin su tercería, y en amores prohibidos de estufa y de salón giraba siempre con fortuna alrededor de algún astro de primera magnitud.
Aquel año había tenido, como sus hermanas, el capricho de veranear en la quinta de Las Palmeras, suspendida sobre una playa admirable, á corta distancia de una capital norteña. Tal vez se hubiera aburrido demasiado, en la relativa calma de aquel modesto veraneo, si Luisa Ramírez no le hubiera cautivado allí con los sabrosos atractivos de su brillante puesta de sol...
Luisa alardeaba de ser una artista extravagante y genial. Gran lectora de toda clase de libros, y amiga de toda suerte de paradojas, salía, audaz, al encuentro de los más atrevidos murmuradores.
—La emoción estética—solía decir, hablando de Rafaelito—está lo mismo en la belleza absoluta que en la absoluta fealdad. Lo feo llega á ser hermoso por la enérgica expresión del carácter. Este muchacho, fruto de las viejas aristocracias corrompidas, es un hermoso ejemplar de decadencia, una obra de arte, digna del pincel de Rembrandt ó de Goya. Y al cabo es preferible para una dama llevar detrás un hombrecillo tan gracioso en lugar de uno de esos perritos falderos, tan del gusto de la señora marquesa.
Cambió Rafaelito al entrar algunas frases galantes con las muchachas y fuése apresurado hacia el grupo en donde estaba Luisa.
Entonces, alrededor del piano, se acentuó, en voz baja, la crítica perversa.
—Va ganando terreno—decía Teresita, balanceándose en la mecedora con demasiada libertad.
—¡Tiene una suerte este chico!—exclamó Benigna con orgullo.