XIX

Con el pretexto de preguntar por la salud de Tristanito, Gracián hizo una visita á la calle de Vicálvaro, escogiendo la hora en que solía Diego estar fuera de casa.

Eva le recibió con sobresalto; mas él, habilidoso y precavido, le habló muy finamente, sin descubrir del todo sus intentos; sólo se vislumbraban un poquito, como si el manto de razón y prudencia que los envolvía fuése alzado en descuido inconsciente por un soplo violento de pasión.

Pero, inquieta, luchando con el orgullo de su limpio linaje y sus instintos ambiciosos, tenía la hermosa todo el aspecto de una delincuente; y la culpa, ya esquiciada en su indefenso corazón, se le asomó á los ojos hechiceros con un fuego sombrío.

Como el nene seguía mucho mejor y estaba ya resuelto su traslado á la Montaña, se habló de este propósito con el tácito acuerdo de una deliciosa temporada de intimidad en el remoto valle.

La visita, que pudo bien pasar por una correcta fórmula de cumplido, tomó el aire malsano de furtiva confidencia, que dejó en el ánimo de Eva un estimulante amargor de aventura prohibida.

Aliviada en la pena de ver enfermo al niño, y disfrutando aquellos días de cierta holgura con el producto que Diego le entregó de la novela, se iluminó la vida, toda exterior, de aquella mujer, y un desatado anhelo de placeres la llevó á consentir en la idea del pecado.

La actitud indiferente y despreciativa de su marido la tenía suspensa.

Revelábase su vanidad ante el sumo desdén que en él veía, y un vago sentimiento indefinible la obligaba á bajar los ojos y la voz en su presencia.