—Dame, al menos, una leve esperanza...

—Voy de prisa... Me he detenido mucho... Si quieres dos pesetas...

Y se puso á buscarlas en su portamonedas elegante.

Dos chispazos de codicia y enojo se asomaron al famélico rostro del galán. Tartamudo y cobarde, profirió:

—Me tratas como á un pobre mendigo; no te molestes, no...

Pero tendía con avidez su mano avillanada.

Puso en ella Rosita la limosna, y con mucho donaire y garabato le dijo adiós, subiendo á todo escape, para ahorrarle el sonrojo de su dádiva.

En dos brincos Nenúfar se plantó en la taberna de la esquina, y más hambriento que enamorado, se consoló de las ironías de la muchacha, gastando su moneda alegremente...

Ya Rosita no supo del bohemio desde aquel punto y hora...