No era malo Nenúfar; era sólo un mísero ambulante de la vida, propenso siempre á bajar mucho y á subir poco en las marejadas sociales. Como él mismo lo había confesado ingenuamente, su destino menguado le obligaba á «hacer de Nenúfar, de poeta modernista y de otras cosas peores»...
La aparición radiante de Rosita y su ingenioso palique le demostraron pronto que la joven había crecido en belleza y sagacidad de una manera sorprendente.
Y trató en vano de explicar los graves motivos que le habían obligado á dejar incumplidas sus promesas matrimoniales.
Ella le atajaba, pronta y zarandera, con réplicas agudas, tan burlonas, que el mozo, confundido, se sentía picado en su amor propio y abrumado. Así le tuvo preso y abatido largo rato la joven, hasta que humilde y fino como un guante, ofrecióle el trovero nuevamente su mano.
Por la escalera abajo rodó la risa franca de la moza, y Nenúfar, asido á la barandilla con la angustia del que se siente vacilar, le dijo:
—He dejado el periodismo y la poesía, que tienen muchas quiebras; pienso ahora trabajar seriamente... Voy á poner, en sociedad con otro, una gran sastrería...
—Pues ya sé yo—le interrumpió Rosita sin dejar de reir—quién será tu primer parroquiano...
Y le miraba con detención y condolencia el traje.
—Pero díme, Rosa hechicera—murmuró Nenúfar—, si serás mi mujer; ¡mi mujercita, mi consuelo y mi bien!...
—Cállate, hijo; para un sastre me parece muy florido el discurso... A mí los industriales no me gustan... Además, los tiempos han cambiado; ya soy otra...