El rumor de ciertos pasos, el metal de ciertas voces, le hacían á Rosita ruborizarse y temblar; y doña Cándida, detrás de sus espejuelos escrutadores y de las erizadas agujas de su calceta, la observaba con recelo, murmurando:

—¡Ay, Dios mío!...

Una tarde de aquellas, cuando ya en el hotelito de la calle de Goya se disponía el anual viaje á la Montaña, Rosita se divirtió mucho con un pequeño suceso que la puso de buen humor, y durante algunas horas escampó de su frente la nube aciaga que la oscurecía.

Sucedió que, yendo la doncella á llevar á casa de los de Coronado una carta de la señorita, al subir la escalera de servicio encontróse de cara con uno que descendía; y este «uno», que era joven y malandante, por las trazas, la miró con despacio, y exclamó:

—¡Rosita!

A cuya voz la joven respondió con aire divertido y asombro en la mirada:

—¡Simón!... ¡Tú por aquí!...

Como si el pobre Nenúfar fuera una planta exótica en casa de los marqueses, y aun en la populosa villa y corte...

Aunque Rosita llevaba algunos años avecindada en Madrid, y aunque por broma y risa deseara encontrarse con el poeta bohemio, no lo había logrado hasta aquel instante. Así que, muy risueña y picarilla, pegó con él la hebra con la mejor voluntad del mundo, y le baqueteó lindamente con burlas y compasiones, que para todo ello se prestaba el apocado y lastimoso aspecto de Nenúfar.

El cual contemplaba á Rosita con cierta emoción y con un embeleso que al crecer por minutos, se mezclaba con un recuerdo bochornoso, porque en el diogenismo del aventurero galán, aquella mala partida, dolosamente jugada á la niña montañesa, había dejado una extraña comezón de remordimiento.