El manuscrito, que era un primor de estilo y originalidad, una obra intensa y emocionante, dolorosa como la vida, estaba ya vendido á un editor afortunado que daba por él la suma precisa para que Tristanito fuése á pedir el milagro de la salud á las tónicas brisas de las montañas.
Diego esperaría que se decidiese la suerte de su hijo, y, salvándole ó perdiéndole, partiría á lueñes tierras americanas, errante y soñador con su lira y su arte, acompañado por aquella imagen dulce y hermosa á quien había jurado fidelidad romántica.
XVIII
Y á todo esto, la bella Rosita empezó á mostrarse distraída y contristada. Hasta se podía jurar que lloraba en silencio.
Cuando hacía de muñeca jugando con Lali, quedábase tan silenciosa y parada como el mismo bebé de celuloide.
Corría la pequeña á sacudirla por los hombros, le alzaba la barbilla con sus manitas enanas, y decíale:
—¡Pero, mujer, te has vuelto lela; ya no sabes jugar!...
Ella entonces se disculpaba sonriendo para ocultar su turbación, pero no lograba componer con la placentería de otras veces la farsa pueril de la muñeca mimosa.