Pero ¡ay! que el alma curiosa del poeta desconoció los amigos vergeles de otros días; y hallólos abandonados y mudos... Solitaria entonces, meditó.
Y no se puede meditar en las nubes sin grave peligro de caída... Allá por las altas veredas del ensueño, es preciso viajar, vuela que te vuela, sin detenerse un punto...
La cavilación del artista dió en tierra con sus afanes; y en la realidad de la vida, Diego hizo memoria...
La aldeana musa de su mocedad, rubia y sonriente como un arcángel, tuvo un corazoncito enamorado que se prendó de un hombre; y á la sazón aquel primer sueño del poeta, era una dama muy bella, un poco triste, festejada y poderosa, puesta por el destino á una enorme distancia del artista...
Ya tentado á reflexionar en las cosas irremediables y trágicas del mundo, Diego recordó que una vez, una sola vez en mucho tiempo, se acercó á la amada ilusión de su adolescencia, convertida en señora gentil, reina de salones; y la miró á los ojos tanto, tanto, que ella se ruborizó mientras él se asustaba de haber descubierto en las azules pupilas ideales un secreto dolorido.
Villamor se sorprendía de que al despertar él, sano y libre á la vida del arte bello y del sentimiento puro, despertase con tenacidad en su mente la dormida memoria de aquel suceso.
Y como los poetas tienen á menudo ideas muy extravagantes, quiso Diego festejar la asunción de su espíritu encarcelado, con un voto solemne que adunase su nueva existencia artística con aquel recuerdo punzante y las otras remotas añoranzas. Así juró, que ya para siempre su inspiración tendría la forma ideal de una dama esbelta de pensativos ojos zarcos y cabellera de oro; una criatura á quien se le pudiese llamar callandito: ¿María?... y que con seráfica voz sin sonidos, respondiera: ¿qué quieres?; una mujer que mostrase la firmeza escultural de su carne bañada en beato resplandor de santidad; un ángel que llorar supiera los santos dolores del amor, con lágrimas llenas de aromas y rumores...
Y era lo extraño, que Diego hacía aquellos votos singulares y se recreaba serenamente en aquellas sutiles maquinaciones, velando el sueño doliente de su hijo en noche de vigilia y de pobreza.
Tenía apoyados los codos sobre su mesa de labor, la cara entre las manos, cerrados los ojos, y en torno desparramadas las últimas páginas de su novela Caminos de dolor.