Empujando suavemente á la madre, Diego añadió con acento profundo.

—Vete á sufrir al lado de tu hijo... Vete á llorar, criatura. La vida no es placer; sólo penando se vive plenamente... Deja que el santo dolor llene tu espíritu, para que no quede vacía la obra de Dios...


XVII

Y era cierto que el poeta había recobrado su libertad.

Las palabras imprudentes de Eva fueron como un hachazo decisivo que cortase á cercén la última raíz, ya enferma, de aquel amor hecho sólo de humano deleite.

Al sentirse redimido de su cautiverio, gozó el artista una exaltación triunfante y reparadora, el dulce halago interior de una paz profunda.

Su espíritu, atrofiado en la cárcel de la pasión sensual, se bañó de gracia pura y libre, y desatóse ligero de la tierra, asunto y glorioso, como antaño volara.

Tuvo un anhelo infantil aquella alma liberta; quiso volver á los abiertos caminos donde sufrió cantando y amó idealmente; añoró su primera musa, la casta ilusión de ojos azules y cándida sonrisa... Vestida con ropajes pulcros y nuevos, fuése á buscarla, peregrinante por los invisibles surcos que los grandes amores han dejado en la inmensidad.