—Sí; ya estoy libre de tus cadenas: ya soy otra vez mío... Ya no me inspiras más que lástima... Me acusas de pobreza, á mí, que tengo dos inestimables tesoros: sentimiento y arte... De indigente me tratas, á mí, que tengo una eterna fortuna: la gloria... ¿Y eres tú la que me culpas de necesitado, criatura mísera sin otro bien que tu carne hecha de tierra?... ¿Qué gracia inmarchitable posees, díme? ¿Qué don inmortal?... Me diste una deleznable hermosura á cambio de mi corazón, y ahora me amenazas con quitarme tu hermosura... Es que ya no la quiero, es tuya únicamente; puedes venderla si te place... Yo te la había pagado demasiado cara. Me has devuelto el precio que por ella te di; estamos en paz... Vete, mujer, vete y no temas mi enojo... Te compadezco.
Eva trataba de hablar, roja de furor; pero el marido asióla por un brazo con firmeza, y la condujo hasta la puerta de la estancia.
—Con un alma, con un corazón, con sentimiento y poesía no se come—pudo ella proferir sordamente.
—No es sazonado pan lo que te ha faltado; galas y trenes ambicionas, y yo, loco de mí, te daba el alma. ¡Un alma imperecedera por una terrenal hermosura no alumbrada por el divino soplo del amor!... Te haces justicia, mujer; me devuelves mi tesoro y te quedas con tu belleza... Véndela en su justo valor; por ella te darán lo que apeteces: piedras, metales, baratijas...
Abrió la puerta, y débilmente llegó hasta ellos una voz humilde y gemidora, como de cristal roto.
Era Tristanito que lloraba...
Entonces Diego, solevantado y tremulante, murmuró al oído de su esposa.
—Pero no pongas por pretexto de tu infamia la vida de ese ángel; si con dinero se salva, yo le salvaré.
—¡Mamá, mamá, tengo miedo!—clamó el nene.