Avanzando hacia él con la feroz complacencia de aquel tormento que causaba, Eva insistió:
—¿No respondes?
Como si entonces recobrase la vida, Diego se estremeció y miró en torno.
Había tal expresión de sorpresa y novedad en su semblante, que hubiérasele creído despierto de un sueño ó vuelto de un desmayo en extraño paraje, y á punto de preguntar, como en las novelas:
¿Dónde estoy?...
Pero no preguntó cosa alguna, sino que dijo á guisa de réplica:
—Ya se acabó todo... Por fin, ya está roto; ya está deshecho, caído...
—¿Cuál está deshecho y caído?—preguntó Eva, creyendo que su marido se hubiese vuelto loco.
—El ídolo que un día levanté engañado por las melodiosas mentiras de tu boca... Me arrastré hacia tu belleza con bárbaro regocijo, con deseo tempestuoso; y te quise con tan insensato afán, que sólo ahora te desprecio bastante.
—¿Que me desprecias, has dicho?