Caminos de dolor se titulaba un libro que Diego estaba fabricando con pedazos de su corazón de poeta y rasgos admirables de su pluma genial.
Ya tocaba á su término el manuscrito, cuando Tristán, una noche, una noche azul de Mayo, al regresar de paseo con su madre, cayó rendido por abrasadora fiebre, agravado en su lenta enfermedad de una manera alarmante.
Consultada una vez más en el proceso largo de aquella cuita, la ciencia inexorable dijo su última palabra sobre la inocente cabeza del niño. Sólo un milagro le podía salvar, y la hechura de aquel milagro correspondía por derecho propio, en caso feliz, al aire libre y serrano de la campiña.
Con acrimonia insolente Eva preguntó á su marido, señalando al enfermo:
—¿Qué vas á hacer? ¿le dejas morir ó intentas salvarle?
Mirándole Diego con espanto, murmuró unas palabras incompletas, que sonaron á lamento y á rugido, y huyó á encerrarse en el escondite donde laboraba y sufría en sus horas inclementes de hogar.
Pero su mujer le persiguió implacable; entró en la habitación detrás de él, y afilando la voz y la mirada, como quien aguza un acero homicida, le dijo:
—Es que si no quieres salvarle tú yo le salvaré... Soy hermosa y... No lo olvides.
Diego, espavorecido, se llevó las manos al pecho y después á la frente; en seguida las apoyó en la mesa, buscando sostén para su cuerpo vacilante.
Estaba mudo y desemblantado; parecía un difunto puesto de pie en macabra ficción.